Ernesto Semán, joven promesa del periodismo argentino de los ’90, cumplió el domingo 40 años. Ya casi no es periodista y, si es promesa de algo, lo será de las letras o la historia latinoamericana. Pero como el sábado tenía ganas de seguir sintiéndose joven, nos invitó a un grupito de afortunados a un karaoke de Red Hook, un viejo barrio portuario de Brooklyn que hace unos años estuvo a punto de transformarse en cool y que ahora ha vuelto a ser un páramo de nada y adoquines, especialmente en noches de invierno como la del sábado, cuando hacía un frío de cagarse y en la calle había menos movimiento que en Corea del Norte.
Comimos unas chisburguers muy buenas y después nos sometimos al escarnio del karaoke, un proceso de humillación pública al que no me entregaba desde, por lo menos, principios de los ’90, cuando hubo un (creo) efímero furor de cantobares en Buenos Aires y alrededores y en cuyos escenarios berretones sufrí y transpiré no más de cuatro o cinco veces. El cantobar era para mí un programa malísimo, no sólo porque nunca confié mucho en mi oído y mis cuerdas vocales sino porque, además, cada uno de esos locales estaba programado para inflar y mantener la obsesión porteña por la “diversión” de principios de los ’90, de la que me negaba a participar. Yo había elegido pasearme por la sociedad con un personaje melancólico-rockero que poco tenía que hacer en los cantobares, donde las canciones habituales, y casi las únicas disponibles, eran las de Valeria Lynch o Las Primas o Tonta o, en el mejor de los casos, Los Abuelos de la Nada. Puesto entre la espada y la pared, y bajo los efectos de los intomables Sex on the Beach o Gancia Batido populares en aquellos años, saltaba al escenario, sentía las halógenas azules y verdes aterrizando en mi cara, nublándome un poco la vista, y cantaba: Lunes por la maaaaaadrugaaaada…
El sábado la cosa fue distinta. También tuve que beber para llenarme de coraje –Johnny Black on the rocks, please–, pero me sorprendió el tamaño del libraco con las canciones disponibles, parecido a la vieja Guía Telefónica (A-K o L-Z) de Buenos Aires de hace mil años, cuanto todavía se usaban las guías telefónicas. En los cantobares de hace 15 años, la lista de canciones era un cuadernito de hojas metidas en separadores transparentes que tendría, calculo, unos 500-700 temas para cantar, todos ellos de al menos cuatro o cinco años de antigüedad. En Hope & Anchor, el otro día, había 15.000, de todos los géneros posibles (en inglés) y tan recientes como el mes pasado (eso dicen los de Karaoke Champ, los dueños de las máquinas que alquilan a los bares.) El secreto de la diferencia no es que Nueva York es una ciudad mucho más cool que Buenos Aires, sino que con la tecnología digital podés meter 15.000 canciones en el mismo espacio donde antes, en la insoportable era de las cintas y los rebobinadores, no te entraban más que unos pocos cientos.
Me enfrenté al libraco con sensaciones encontradas: interesado en ver qué había disponible pero sabiendo también que me estaba quedando sin la excusa cobarde de no tener canciones copadas para cantar. Había de todo, pero me costaba mucho elegir: una parte de mí todavía creía que debía seguir dándole credibilidad a aquel personaje melancólico-rockero de los early 90’s. Penoso. (Además estaba el hecho de que el ambiente del boliche iba tomando temperatura y la gente estaba empezando a cantar canciones como I will survive o Take me out, dejándome cada vez menos espacio para cantar canciones de Elliott Smith, que había sido mi primera opción.) Canté cuatro canciones y, a juzgar por la respuesta del público, siempre generosa después de la medianoche, lo hice razonablemente bien. Las canciones fueron:
The One I Love – R.E.M.
Creep – Radiohead
Here Comes Your Man – The Pixies
Touch Me – The Doors
El difícil y esquivo equilibrio entre el gusto personal y la paciencia de los otros: como cuando te dejan pasar música en una fiesta en casa ajena y uno quiere que la gente la pase bien y al mismo tiempo dejar su marca propia, enseñarles un poco de buena música.
[ El resto, acá. ]
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